
EL PESO DE LA IGNORANCIA
Los molinos de viento fueron el archienemigo del loco hidalgo Don Quijote pues los confundía con gigantes con los que tenía que batallar en pro de la justicia. Si Cervantes volviera a escribir esta gran obra maestra de la literatura española adaptándola a nuestra época, podría sustituir los molinos de vientos por los carteles de publicidad que hoy vemos en la ciudad.
Se trata de un empapelamiento de la ciudad donde cualquier soporte vale (edificios, guaguas, tranvías...) y en el que el tamaño no es ningún inconveniente para la reproducción de una idea publicitaria, pues al parecer el fin justifica los medios. En las recientes elecciones generales nos íbamos a la cama con la imagen de Ana Oramas, o Ricardo Melchor grabada en la retina, pues los carteles propagandísticos de los partidos políticos eran de unas dimensiones desorbitadas. Ahora el tranvía no es solo un medio de transporte si no una valla publicitaria móvil, los edificios no son sólo viviendas sino folletos de 20 metros.
Si se pretende dar originalidad o exclusividad a una idea no es necesario reproducirla a escalas gigantescas, pues se encarece el precio innecesariamente y estaremos colaborando con el constante embotellamiento con el que los peatones y conductores luchan a diario. El buen marketing trata de llegar a un público que ya lo ha visto todo, bombardeado por 3.000 anuncios al día y que quiere sorprenderse. La clave está en no parecer publicidad. Dejar al público pensando en qué es realmente lo que ha visto. Máximo impacto, mínima inversión, y todos contentos.
En resumen, debemos ir pensando que ya existe demasiada polución visual en las ciudades como para continuar encerrándonos en un gran plató de televisión donde la calidad se rige por el tamaño, pues este sí que importa.
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